Mi destino

Bueno, quién me iba a decir a mí hace pocas semanas que ahora estaría aquí, escribiendo sobre mi futuro hogar.

Dentro de menos de 4 meses, estaré cruzando el charco en dirección al colegio UWC-USA, en Montezuma, Nuevo México, que es una pequeña ciudad a 8 kilómetros de Las Vegas. Este colegio fue fundado en 1982 por Armand Hammer, y recoge a  200 alumnos de más de 75 nacionalidades diferentes.

En un principio, debido a ciertas influencias, yo quería escoger el UWC Pearson, pero este año no estaba disponible para los que íbamos por beca. Sin embargo, tuve la suerte de conseguir uno de mis destinos favoritos, con el que estoy muy satisfecha.

Ahora mismo no puedo hablar mucho más: las experiencias tienen que vivirse para poder contarse. Pero espero tener en poco tiempo miles de cosas que expresar.

 

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Inicio de una historia, continuación de otra.

Parece que, desde siempre, cada buena noticia llega con la primavera.

Me llamo Raquel, y hace apenas un par de semanas llegó a mi vida el comienzo de una gran experiencia: UWC. Aunque debo decir que mi vivencia UWC llegó mucho antes, quizás unos diez meses atrás. Como un hecho perdido, aislado y con apenas importancia, más cercano a una curiosidad que a cualquier otra cosa, llegó a mis oídos un cálido día de junio este sueño que tan profundo caló en mi corazón.

No sé exactamente por qué; quizás por este afán por explorar lo menos común, por dejar a un lado la conformidad y superar cada uno de mis límites, pero la simple expectativa de cambio dio un enfoque totalmente diferente a mi vida. Cada día se convirtió en una búsqueda incansable de nuevos conceptos y puntos de vista, mientras llegaban a mí personas increíbles con el mismo sueño y miles de cosas por aportar.

Tras aquellos meses que tan importantes fueron en todos los aspectos, meses en los cuales pasé más de una noche en vela trabajando mi formulario, llegó el esperado mail: no cabía en mí más felicidad al leer ese ”Me es muy grato poner en tu conocimiento que tu solicitud ha quedado preseleccionada…” en respuesta de la entrañable Cristina.

Los 25 días siguientes fueron una carrera de preparación de proyectos, exposiciones y, sobre todo, nervios incontrolables. Personas en mi misma situación compartían esas sensaciones, y hacían que la espera fuese mucho más completa y puedo decir que incluso inolvidable: esas noches hablando con el sapientísimo Andrés sobre política, cine, Crimea, música o Siria; esas conversaciones en grupo con el solete de Biel, mi Pedrito, las rayadas de Tere con su dulce acento, las majas de Paloma, Paula y Aina, Jorgito, Lena, Patri, el silencio de Mundi, y otras personas que solo al recordar me hacen esbozar una sonrisa.

Casi sin darnos cuenta, llegó ese fin de semana tan esperado y a la vez temido. Solo al observar las miradas de los que nos encontramos allí, recuperé en un instante la fe en la juventud. Eran miradas con inquietudes, con sueños, con aspiraciones, con ilusión y con ganas de hacer de aquello algo sin precedentes en nuestra memoria. Conocimos a Isaac, que por supuesto tengo que decir que es un crack, y a la fuente de risas que es Maite, cada uno con una experiencia que contar y una esperanza que darnos.

A las 8:30 de aquel mismo sábado, después de mostrar ante el inquisitivo tribunal de selección nuestro esfuerzo, llegó uno de los momentos más tensos que he conocido. Cogidos de las manos, algunos rezando, con los ojos fuertemente cerrados, otros abiertos como platos, todos estábamos esperando esas palabras, nuestro nombre en la lista leído por la voz grave de uno de los seleccionadores.

Para mí, esas palabras llegaron junto con la promesa de una nueva entrevista al día siguiente, pero muchos otros quedaron atrás. Sin temor a equivocarme, puedo decir que todos y cada uno de los allí presentes tenían lo que hacía falta para estar en aquella lista. Quizás una palabra, un concepto, una equivocación o un enfoque diferente fue lo que determinó un nombre u otro, pero todas aquellas miradas tenían alma UWC.

El domingo reiniciamos aquella ronda de entrevistas, pero salimos sin ninguna conclusión. Nadie creía haber destacado, ninguno tenía más que otro. Simplemente, uno a uno fuimos desapareciendo de aquella sala rodeada de mesas y rostros sonrientes.

Y, dos días después, llegó aquella llamada. Esas palabras de boca de Cristina que jamás podré olvidar, que siempre estarán grabadas a fuego en mi memoria y en mi corazón: ”Enhorabuena, has sido seleccionada para pasar dos increíbles años de tu vida en uno de los Colegios del Mundo Unido…”.

Y parece que, desde siempre, cada buena noticia llega con la primavera.Imagen