El viajero del Agua: dejando mi tierra.

Posiblemente, este sea el último post que escriba desde territorio español hasta dentro de muchos meses. Sí, finalmente, salgo camino hasta Estados Unidos. Hoy a las 2 a.m un bus me llevará hasta la capital y, mañana a las 1 p.m, cruzaré el Atlántico. Este cambio, este cruce, no solo significa cruzar kilómetros y kilómetros de territorio. Significa cruzar hasta una nueva lengua, nuevas costumbres, nuevo horario (el temido jet-lag!!!), nuevas amistades, nuevos profesores, nueva forma de entender el ámbito académico, nueva libertad, nueva independencia, nuevos sentimientos (nostalgia por mi Granada querida, morriña del hogar…), nuevo clima… En definitiva, es un gran cruce hacia mi nueva vida. Muchos amigos quedarán lejos, lejísimos, pero por mucho que me aleje, siempre estarán en mi corazón y en mi memoria, y espero verlos lo máximo posible cuando vuelva. 

Bueno, para despedirme de forma un poquito más literaria de mi tierra, quiero escribir algo que la haga brillar siendo como es uno de mis grandes amores, y lo haré a través de algo que pensé hace un tiempo, un recorrido a través de las fuentes y ríos de Granada: seremos viajeros del Agua.

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El sol baña con su calidez las tonalidades tostadas del atardecer en Granada. En las distintas fuentes de la ciudad se reflejan los últimos colores que tímidamente juegan a invadirse unos a otros, oscureciendo el horizonte hacia La Vega. El murmullo circular y juguetón del agua acompaña a los viandantes que deambulan por las calles: algunos, rumbo a sus hogares tras una dura jornada de trabajo, otros siguiendo un camino invisible buscando cobijo en algún lugar del Paseo de los Tristes.

El color pardo se mezcla con los sillares bermejos de la Alhambra, que se observa a sí misma reflejada en sus albercas y acequias, acompañada por el aroma del arrayán. En el Patio de los Leones, los colosos persas parecen cobrar vida y reírse de los visitantes rezagados del atardecer que capturan el momento con sus cámaras.

Y anochece. Apenas un segundo y la barrera entre el color y la sombra se quiebra. Los colores se distorsionan, parecen retratos de tiza que autores anónimos hayan plasmado en alguna plaza. Un camino subterráneo de apariencia inalterable a lo largo de los siglos conduce el eco de las fuentes hasta el Aljibe del Rey, situado en el alcázar zirí. Las bóvedas del aljibe son recorridas por sugerencias ovales del agua, hasta desaparecer en su fortaleza muda. Voces del pasado muestran a los alcázanes abasteciéndose en el aljibe para comerciar en los mercados de la Granada musulmana. 

Aguas acariciando mechones verdes corren veloces entre arcos de medio punto , llenando con amplios caños los baños árabes. Sensaciones veladas parecen detener el tiempo, contraponiendo las tres estancias de origen romano del ‘hammam’: frigidarium, tepidarium, caldarium. A través de los ventanales estrellados se filtra un retazo de luz, que juega a crear formas caprichosas entre las volutas de vapor. 

Amanece en la ciudad. Tras los picos de Sierra Nevada emerge una luminosidad cegadora que se extiende poco a poco `por cada rincón, hasta calcar su calidez en el ambiente granadino. Las escasas nubes forman platerescos con su reflejo en el río Genil.

El viajero Agua despierta un día más frente al Pilar de Carlos V, y sigue su camino hacia la Puerta de la Justicia buscando la fragancia de los mirtos.

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¡¡¡GRANADA QUERIDA, TE ECHARÉ DE MENOS!!!