Ramas de mirto.

En el nacer de los tiempos, cuando seres extraordinarios poblaban la Tierra, existía un manantial de aguas cristalinas del que se decían poderes curativos. Era guardado de miradas curiosas por una gran Esfinge que se ausentaba tan solo aquellas noches en las que la Luna no se divisaba en el firmamento.

Un joven cuya enamorada estaba gravemente enferma decidió salir en busca de este lugar. Era llamado Viento Rugiente. Acudió al refugio de un anciano ermitaño que era bien conocido por sus amplios conocimientos sobre los secretos de la naturaleza.

”Oh, venerable ermitaño, ¿conoces, en tu inmensa sabiduría, el lugar donde se emplaza el manantial de la Esfinge?” dijo Viento Rugiente.

”Tal conocimiento no ha llegado a mi poder, mas si realmente necesitas saberlo, en busca del Aire deberás ir. Sin embargo, debes saber que para encontrarlo deberás aprender a dominar tu ímpetu.”

Esto hizo Viento Rugiente. Trabajó con increíble constancia la paciencia, la calma y el silencio, y cuando ya se encontró en paz, caminó hacia lo más alto de una montaña y esperó al Aire. En un súbito silbido, apareció.

”Ingrávido Aire, ¿conoces, por tus viajes por cada rincón de este mundo, el lugar donde se emplaza el manantial de la Esfinge?” preguntó ansioso.

”Mis dominios se limitan al vuelo de las aves y al rugido de las tormentas, mas si realmente deseas saberlo, acude a mi Madre, la Tierra. Sin embargo, debes saber que para encontrarla deberás encontrarte primero a ti mismo.”

Viento Rugiente recorrió cada mar, cada llanura, cada montaña, cada isla. Cuando cada experiencia se empapó en su Ser, se detuvo en un denso bosque a descansar. Y apareció la Tierra.

”Poderosa Madre Tierra, ¿conoces, en tu infinito amor por cada ser, el lugar donde se emplaza el manantial de la Esfinge?”

”Tales yacimientos mágicos no se encuentran a mi alcance, mas mi amada hermana la Luna lo conocerá con seguridad. Sin embargo, debes saber que para encontrarla deberás primero encontrar el verdadero Ser de los que te rodean.” respondió la Tierra.

Viento Rugiente recorrió cada ciudad, cada pueblo, cada civilización, cada cultura. Cuando el Ser de los demás se empapó con el suyo propio, esperó hasta que la Luna se mostró en su plenitud entre las estrellas y le habló.

”Misteriosa y sutil Luna, ¿conoces, con todos tus conocimientos de lo oculto y tu cercanía con lo divino, dónde se encuentra el manantial de la Esfinge?” preguntó esperanzado el joven.

”Tal saber poseo, valeroso Viento Rugiente. En este viaje de autodescubrimiento has sabido dejar atrás tu ímpetu, encontrar tu propio Ser y finalmente fusionarlo en armonía con el de los demás, por lo que mereces que lo comparta contigo. Los días en los que desaparezco de este mundo, también se ausenta su temido Guardián. Sigue mi recorrido durante tres noches y la encontrarás, pero no olvides esperar hasta que mi luz desaparezca completamente.”

Viento Rugiente siguió la estela de plata de la Luna durante ese tiempo, y por fin divisó el manantial. Ansioso por llegar a su anhelado destino, no notó el leve fulgor de la Luna en el horizonte, así que corrió hasta encontrarse metido en claras aguas. La Esfinge se le apareció furiosa, y con un escalofriante sonido metálico, graznó:

”¡Si la eterna salud del manantial deseas, un tributo pagarás! Sangre de una criatura inocente es lo que deseo.”

Sin pensarlo, fue Viento Rugiente a por su amada, y le entregó el enfermizo y frágil cuerpo a la Esfinge. Esta la ahogó en el manantial, y su último aliento se transformó en un mirto. Viento Rugiente corrió y se lanzó cegado por el deseo a las frías aguas. Al ver su rostro reflejado, la realidad de su terrible acto le golpeó el corazón. A pesar de todo lo que había aprendido y descubierto a lo largo y ancho del mundo, el manantial se convirtió en su mayor obsesión, y olvidó su principal objetivo. Una lágrima de rabia, tristeza y arrepentimiento cayó en el agua y, al momento, Viento Rugiente quedó convertido también en un fragante mirto.

Desde entonces ostentan sendos mirtos sus ramas entrelazadas, y cada Luna Nueva se vuelven a convertir en lo que fueron, sin reprocharse nada y recordando tan solo las enseñanzas del Ermitaño, el Viento y la Tierra.