Dominó.

Ahora, en esta sociedad globalizada, internacionalizada y, sobre todo, tan involucrada en los medios de comunicación, parece que cada palabra repercute en nuestras vidas. Facebook, Twitter, Instagram, el omnipresente Whatsapp: convierten nuestra intimidad en escaparates a los que cualquiera puede asomarse para determinar cada aspecto de nosotros mismos.

Esto no es una crítica a las redes de comunicación social, sino más bien un aviso. Hay que entender que todo lo que permitimos conocer de nuestras vidas, pasa a formar parte de la inmensa maraña de información globalmente accesible que es Internet. Una imagen comprometida, un comentario fuera de lugar, y ya somos juzgados por el público, que en la mayoría de los casos caerá con la inercia de la intercomunicación y compartirá aquello que creíamos en un principio tan privado.

Y es que tenemos que empezar a ser conscientes de que la pantalla de nuestros móviles u ordenadores no es más que una máscara, no un rostro real. La verdadera confianza debe encontrarse en una mirada, en un gesto, en un abrazo, no en unas cuantas palabras bien dichas tecleadas a toda prisa.

Nuestras acciones son como piezas de dominó: al empujar una, al darla a conocer, las demás irán cayendo hasta que lo hagan todas. Y entonces ya será demasiado tarde para ponerlas en pie.

 

 

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