¿Es demasiado pedir?

Estimado lector:

Como habitante de este país venido a menos que es España, cada día tengo la oportunidad de tener ante mis ojos a un sector de la población desfavorecido, un sector de clase trabajadora compuesto por gente como tú y como yo en el que se está sufriendo esta crisis de forma muy profunda. Aquellos que han podido jubilarse se están dando cuenta de que con sus pensiones deben mantener a varios miembros de la familia porque han perdido todo lo que tenían. Muchos abuelos, padres, descuidan sus necesidades porque los pocos euros que tienen en el bolsillo prefieren guardarlos para que sus seres queridos coman bien al día siguiente.

Esta situación es inquietante: todos los días vemos en las noticias la manera en que muchos políticos piensan que basta con la voluntariedad y las buenas palabras para sostener un país. Esto no basta, hay que tener un nivel de preparación; lo mismo que un médico para poder serlo tiene que estar cualificado y formarse de forma constante, los políticos deberían estar cualificados en valores y ética. Igual que no es fácil salvar cada día la vida a decenas de personas, tampoco lo es gobernar un país.

Todo esto llega al corazón de aquellos que lo viven, porque se ve sufrir a la gente en las calles día a día. El empobrecimiento de la población es progresivo, están haciendo que el ciudadano de a pie se apriete cada día más el cinturón y estamos llegando a una situación en la que, realmente, no vemos salida. Estamos perdiendo calidad como país en todos los aspectos.

Pido hoy que aquellos políticos que entiendan esta situación encuentren la voluntad para rehacer las cosas, trabajando para que la vida del ciudadano medio español deje esta carrera de descenso hacia el olvido de sus derechos y comience otra que eleve a España a su nivel de nación justa, igualitaria y dirigida por profesionales preparados.

Atentamente,

Raquel.

 

Dominó.

Ahora, en esta sociedad globalizada, internacionalizada y, sobre todo, tan involucrada en los medios de comunicación, parece que cada palabra repercute en nuestras vidas. Facebook, Twitter, Instagram, el omnipresente Whatsapp: convierten nuestra intimidad en escaparates a los que cualquiera puede asomarse para determinar cada aspecto de nosotros mismos.

Esto no es una crítica a las redes de comunicación social, sino más bien un aviso. Hay que entender que todo lo que permitimos conocer de nuestras vidas, pasa a formar parte de la inmensa maraña de información globalmente accesible que es Internet. Una imagen comprometida, un comentario fuera de lugar, y ya somos juzgados por el público, que en la mayoría de los casos caerá con la inercia de la intercomunicación y compartirá aquello que creíamos en un principio tan privado.

Y es que tenemos que empezar a ser conscientes de que la pantalla de nuestros móviles u ordenadores no es más que una máscara, no un rostro real. La verdadera confianza debe encontrarse en una mirada, en un gesto, en un abrazo, no en unas cuantas palabras bien dichas tecleadas a toda prisa.

Nuestras acciones son como piezas de dominó: al empujar una, al darla a conocer, las demás irán cayendo hasta que lo hagan todas. Y entonces ya será demasiado tarde para ponerlas en pie.

 

 

25 horas.

Y parece que estoy cada vez más enredada en este bucle. 

Aquel inolvidable fin de semana de selección dio paso a decenas de horas de Skype, a cientos de sonrisas y bromas, a miles de promesas. Y esas promesas, esencia quizás de algo más duradero, más perenne, fueron creciendo y convirtiéndose en parte imprescindible de mi vida. ¿Qué da mas fuerza al ser humano que esas promesas moldeadas en forma de esperanza? Esperanza de mantener el recuerdo, esperanza de seguir juntos, esperanza de un reencuentro. 

Y, aunque parecía difícil o casi imposible, el jueves día 1 de mayo esta esperanza dio sus frutos. Nos encontramos Carlitos, LuisDa y yo temprano por la mañana (bueno, temprano para una persona que ama dormir: las 10 y media), y disfrutamos de un intenso tour por mi bella Granada. Cuestas arriba, cuestas abajo, y entre cuesta y cuesta, una selfie cortesía de LuisDa. Nos bronceamos bajo el sol de la Alhambra, descansamos bajo las copas de los árboles en sus frondosos bosques, marcamos con el flash de las cámaras de nuestros móviles cada uno de los monumentos y lugares que, por el incalculable valor del momento, no queríamos olvidar.

Tras las ‘‘tapillas granaínas” que ningún visitante debería perderse, nos encontramos con nuestra Elena. Subimos los cuatro en expedición al emblemático mirador de San Nicolás, en el que la vista imponente de la Alhambra hipnotiza incluso a quienes la conocemos como a un miembro más de nuestra familia. Los rayos de aquel sol primaveral reptaban y zigzagueaban al compás del ambiente hippie, la música improvisada de los artistas callejeros y la mezcla de lenguas. 

Al anochecer, Elena se marchó. Pero nuestra ”aventura” aún tenía que continuar. Más de media hora de autobús después, nos disponíamos LuisDa y yo a dormir en casa de Carlitos, gracias a la hospitalidad de su madre Salud (qué amor de mujer!!). Hablamos, reímos, bromeamos y, por supuesto, skypeamos con nuestros queridos UWCers. La confianza creció, el contacto se volvió más cercano, las risas se tornaron en susurros con más promesas. Y, entre susurros y promesas, no conseguimos conciliar el sueño hasta las 7 y media de la mañana. 

Hora y media después nos levantamos, con apariencia y actitud de ”The Walking Dead”, para llevar a al solete de LuisDa a la estación de autobuses. Casi como de película, llegamos cuando quedaba un minuto para que saliese el bus, y nos despedimos entre lágrimas incontrolables y sonrisas de felicidad absoluta por haber vivido esta experiencia. 

Fueron 25 horas con mis UWCers.

*Mención especial a LuisDa, por llevar a cabo una perfecta labor de espionaje y camuflaje.*

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